La transición de la Federación Rusa: un caso singular

ABSTRACT

Si bien las transiciones suelen ser dirigidas por las élites, éstas no suelen oponerse a la voluntad mayoritaria, sino verse obligadas a ceder por la voluntad mayoritaria. En este y otros sentidos, la experiencia del fin de la URSS desafía a buena parte de la teoría anterior sobre transiciones y democratizaciones, constituyendo un caso único que se hace especialmente atractivo al comparar los hechos con la teoría general de Przeworski de apenas unos años antes de 1991. Desde la clásica concepción liberal y eurocéntrica del término «democracia», se analiza el antes, el durante y el después de la transición de la URSS, centrándose geográficamente en el paso de la República Socialista Federal Soviética Rusia (RSFSR) a la Federación Rusa.

ÍNDICE

1. PARTE TEÓRICA

1.1. Definición de democracia

Para afrontar este tema hay que definir detalladamente el término «democracia». Aunque hacerlo estrictamente parece ser imposible (en palabras de Linz —1990—, «hay tantos tipos de regímenes democráticos como gobiernos democráticos», así que «no hay un conjunto único de instituciones o normas (…) que defina la democracia» —O’Donell y Schmitter, 1986:22—), sí se pueden enumerar características de modelos prominentes de democracias para aproximar su significado. Ello se hará desde el punto de vista dominante, dejando de lado puntos de vista que la considerarían un determinado compromiso de clases, por ejemplo; y de forma escueta, olvidando conceptos clave como poliarquía, accountability o sistema electoral.

El «concepto básico» de democracia

Huntington (1994) recuerda que el concepto de democracia es viejo y ha adquirido diferentes significados a través de la historia: no fue exactamente lo mismo para los filósofos griegos que para los revolucionarios europeos de fines del siglo XVIII. A mediados del siglo XX, existían dos significados de democracia como forma de gobierno: la democracia como fuente (es decir, como gobierno que obedece a la voluntad del pueblo) y la democracia como objetivo (es decir, como gobierno que obedece al bien común). A estas dos concepciones se le añadió una tercera, que, acusándolas de ambigüedad e imprecisión, consideraba a la democracia un determinado conjunto de procedimientos para constituir el gobierno. Más concretamente, consideraba que la democracia era la «selección de líderes a través de elecciones competitivas por parte de las personas gobernadas por ellos» (Schumpeter, 1968). Tras la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar un debate sobre el significado de la democracia entre estos tres términos, en el que acabó por imponerse la concepción de Schumpeter. Concretamente, la tercera vía quedó consensuada hacia 1970.

Las otras concepciones procedimentales como la de Schumpeter también han reiterado siempre el elemento de competición. Para Dahl (1989), «son democracias todos los regímenes que se distinguen por la garantía real de la más amplia participación política de la población adulta masculina y femenina y por la posibilidad de disenso y oposición». Para Sartori, de joven (1957), es un «sistema ético-político en el que la influencia de la mayoría se confía al poder de minorías en competición que la aseguran». Para Przeworski (1994) una democracia establece, entre otras cosas, el reconocimiento permanente de la existencia de intereses antagónicos, y la organización tendiente a satisfacerlos.

Por su parte, Schmitter y Karl (1993) añadieron otro aspecto importante y opuesto a la competición: la cooperación. «Una moderna democracia política es un sistema de gobierno en el que los gobernantes son considerados responsables por sus acciones en la esfera pública por parte de los ciudadanos, que actúan indirectamente mediante la competición y la cooperación de sus representantes elegidos». Se incluye así a la concepción de democracia cierta adhesión colectiva a valores, reglas e instituciones. De nuevo Przeworski (1994), quien define la democracia de forma verdaderamente exhaustiva, incluye en su definición que los conflictos son resueltos conforme a reglas explícitas especificadas a priori y familiares para los ciudadanos.

Puntos añadidos de la democracia

Huntington (1994) advierte que no se debe caer en la tentación de extralimitarse en este punto. Que un gobierno tenga cualidades indeseables (como corrupto o irresponsable) no implica que no sea democrático. Por ejemplo, según él, la estabilidad no es un sine qua non de la democracia. Aun así él mismo expone algunos «puntos añadidos» que sí considera imprescindibles. También así lo hacen otros autores.

Entre estos puntos cabe resaltar la «libertad» de la que deben gozar las instituciones democráticas. Ello exige dos cosas para ellas: una mínima ausencia de injerencias externas y una mínima cantidad de competencias. Un sistema electoral puede ser «perfectamente democrático», pero si sus instituciones escogidas no tuvieran nada de soberanía, habría que considerar nulo el nivel de democracia en ese sistema. Cuanta más soberanía tengan las instituciones democráticas, mayor será el nivel de democracia independientemente de los demás factores; y a la inversa. En este mismo sentido, Huntington advierte que un sistema no es democrático en la medida en que sus líderes no puedan ejercer un poder real, aunque éstos hayan sido electos a través de mecanismos democráticos.

  • En cuanto a la no injerencia sobre las instituciones democráticas, Schmitter y Karl (1993: 45-46) señalaron la importancia de que estas instituciones no estén sujetas o condicionadas ni por «personal no escogido» (como los militares) ni por representantes de los regímenes ajenos. Cabe incluir también las injerencias de otros tipos, como las creadas por un exceso de deuda.
    Sin embargo, historia contemporánea muestra numerosos ejemplos de países sometidos a graves injerencias internas y externas, pero considerados democracias. Por poner un ejemplo, ha sido frecuente que, tras la victoria de un candidato especialmente amenazante para las élites, se haya sido víctima de una insurrección militar (a menudo con intervención extranjera) para imponer de nuevo los criterios anteriores y, más tarde, rehabilitar la democracia.[1] En estos casos se cumple lo que observó el líder de la República Democrática Alemana Erich Honecker: la democracia se detiene allí donde los intereses de las élites están en peligro.[2] ¿En qué medida deben ser considerados democracias a esos países?
  • En cuanto a la cantidad de competencias, es evidente que una hipotética Cámara Baja, a pesar de haber sido escogida con las más altas garantías democráticas y de poder ejercer su actividad sin injerencias externas, no garantiza la democracia si no se le da ninguna utilidad y las decisiones se toman al margen de ella.
    Hay indicios para pensar que las instituciones estatales de la democracia liberal pecan, cada vez más, de una falta de competencias que no se suele tener en cuenta.

Teniendo en cuenta estas limitaciones, la abstracta definición de Przeworski (1988) vuelve a ser la más exhaustiva, al señalar que en una democracia, si un grupo recurre a «ciertos cursos de acción», puede usarse legítimamente la fuerza física organizada de manera permanente y regulada por normas que especifiquen los motivos por los que se puede aplicar.

Otro añadido imprescindible es el cumplimiento efectivo de libertades civiles y políticas tales como la expresión, la publicación, la reunión, la organización o la elaboración de campañas electorales. La cantidad de disidencia que un régimen es capaz de aceptar debe ser amplia. Esto ya había sido incluido en la definición de Dahl (1989) pero conviene reiterarlo.

¿Podría ser la existencia de partidos políticos un punto añadido más? Hasta ahora se ha abordado la concepción de democracia, incluyendo diversas definiciones al pie de la letra, sin haber nombrado la palabra «partido». Ninguna definición citada exige que los candidatos al poder tengan forma de partido. Los candidatos podrían ser todos independientes, como ocurre en algunas «democracias populares». Sin embargo, Lipset (2000) así lo aseguró. Para él, la función de articular y agregar los intereses sociales con el fin de intermediar a las personas a un gobierno solo la pueden hacer entidades con forma de partidos. En este texto se considerará la concurrencia de partidos a las elecciones un factor típico pero no necesario para la democracia.

Compilación de características

Todas las caracterizaciones de la democracia vistas hasta ahora pueden incluirse en cuatro puntos. Este texto considerará a un sistema como democrático si cumple los siguientes requisitos mínimos:

  1. Celebración de elecciones directas, limpias, periódicas, competitivas (normalmente suelen competir partidos) y en las que, en principio, toda la población adulta tiene derecho a votar.
  2. Esas elecciones seleccionan a la mayoría de los que toman decisiones colectivas[3] con amplias competencias y sin injerencias externas excesivas.
  3. Esas elecciones se someten a reglas y procedimientos establecidos de forma permanente y consensuada.
  4. El régimen mantiene una amplia capacidad de coexistencia con la disidencia, garantizando las libertades civiles y políticas.

1.2. Definición de transición, liberalización y democratización

Para estas definiciones, el texto se basará en las consideraciones de O’Donell y Schmitter (1986), puntualizándolas y ampliándolas con las de otros autores. Para ellos, hay que distinguir entre democratización y liberalización, aunque son dos procesos distintos que se enmarcan en el proceso global de transición. La transición es, pues, para estos autores, el «intervalo de tiempo que se extiende entre un régimen político y otro (…)» (1986:19). Todas las definiciones son similares: Morlino, por ejemplo, la define como un «período ambiguo e intermedio en el que el régimen ha abandonado algunas características determinantes del ordenamiento institucional anterior sin haber adquirido todas las características del nuevo régimen que va a instaurar» (2009:94). Regresando a O’Donell y Schmitter, la transición comienza con el inicio del proceso de disolución del régimen autoritario, y puede terminar en tres posibles escenarios: el establecimiento de una democracia, el retorno a un régimen autoritario o el surgimiento de una alternativa revolucionaria. En cualquier caso, el período posterior es la «consolidación» del nuevo sistema. La transición suele caracterizarse por tres hechos:

  • Las reglas del juego político no están aún definidas, de modo que la política se encarga de definir las reglas y procedimientos cuya configuración determinará, probablemente, quienes serán los «ganadores» y los «perdedores».
  • La transición es más una «transferencia de poder» que una revolución.[4] Przeworski añade a este punto que, una vez hecha factible la transición pacífica, el siguiente problema que deben resolver los interesados es, precisamente, cómo institucionalizar la incertidumbre sin poner en peligro los intereses de quienes todavía pueden revertir el proceso, que acostumbran a ser quienes están transfiriendo el poder.
  • Como la transición suele ser una transferencia de poder, las reglas y procedimientos efectivos que existen en esta etapa suelen estar aún en manos de los gobernantes autoritarios. Los gobernantes autoritarios son quienes modifican sus propias reglas para mejorar los derechos de los individuos.

Los actores típicos de las transiciones fueron clasificados por Przeworski (1986) en función de los intereses que presumiblemente defenderán, de la siguiente manera: las fuerzas armadas tienen interés en preservar su autonomía corporativa, la burguesía tiene interés en preservar su propiedad de los medios de producción y su autoridad para administrar la producción, el estado tiene interés en su mera supervivencia física y económica, la clase obrera tiene interés en organizarse para alcanzar sus metas económicas y políticas y otros grupos populares pueden tener intereses económicos más estrechos. También según él conviene discriminar a los actores según sus posturas estratégicas: dentro del bloque gobernante, se  suelen distinguir los «duros» de los «blandos», y en la oposición, se suelen distinguir los «moderados» de los «maximalistas» y los «moralistas»/«principistas».

El primer componente de las transiciones, que se suele dar en su primera fase, es la liberalización. La liberalización es el proceso de redefinición y ampliación de los derechos que protegen a individuos y grupos ante los actos arbitrarios o ilegales cometidos por el estado o por terceros.  En el plano individual, incluye elementos clásicos de tradición liberal: hábeas corpus, inviolabilidad de la vida privada en el hogar, libertad de expresión, etc. Ello provoca un «efecto multiplicador»: al no perseguirse el ejercicio de tales derechos, nuevos individuos se suman a la protesta.

El segundo componente de las transiciones es la democratización, es decir, el proceso de establecimiento de una democracia. Para Przeworski (1986), la democratización consiste en dos procesos simultáneos, aunque en cierta medida autónomos: en primer lugar, la desintegración del régimen autoritario; y en segundo lugar, la instauración de instituciones democráticas. Así, un movimiento de oposición no sólo debe desmantelar al antiguo régimen sino, al mismo tiempo, crear las condiciones que favorezcan sus intereses particulares dentro del nuevo sistema establecido.[5]

Para el primer proceso, el autor menciona cuatro clases de explicaciones, todas ellas interrelacionadas y posiblemente simultáneas (aunque de forma típica, cada una explica la siguiente):

  1. El régimen autoritario ya ha cumplido con las necesidades funcionales que llevaron a su establecimiento, y por tanto deja de ser necesario (o incluso imposible).
  2. El régimen ha perdido su legitimidad. Basándose en la tesis de Weber («Todo sistema trata de establecer y de cultivar la creencia en su legitimidad» —Weber, 1968, vol. 1—), la «teoría de la legitimidad» formula que, cuando un régimen pierde legitimidad, debe reproducirla o de lo contrario se derrumba. Sin embargo, el autor no está de acuerdo, ya que, en primer lugar, en esa fórmula el término «legitimidad» puede ser sustituido por «miedo» o «interés personal», por ejemplo; y en segundo lugar, la pérdida de legitimidad (o el miedo, o el interés personal…) no lleva necesariamente a un sistema de dominación a ser incapaz de sobrevivir. Más que la legitimidad, lo que importa para la estabilidad de cualquier régimen es la presencia o ausencia de opciones preferibles (más legítimas). Así, un régimen autoritario no puede derrumbarse si no se ha organizado alguna alternativa de modo tal que se presente como una opción real para los individuos.
  3. Los conflictos existentes dentro del bloque gobernante (en particular los militares) no pueden conciliarse internamente y algunas facciones gobernantes deciden apelar al apoyo de grupos externos. Si el régimen es cohesivo o está rígidamente controlado, es imposible que surja una solución de transacción. El primer umbral crítico en la transición hacia la democracia es el movimiento iniciado por algún grupo del bloque gobernante para lograr apoyo de fuerzas exteriores a él. Después a menudo esa movilización es seguida por una ola de movilización popular.
  4. Presiones externas impulsan al régimen a revestirse de una apariencia democrática, obligándolo a ceder en este sentido.

Sin embargo es el segundo proceso (la construcción de la nueva democracia), lo que define la democratización. No en vano Conejero (2004:4) considera finalizada la democratización y la transición y empezada la fase de consolidación cuando se produce «la aprobación de una nueva Constitución y la celebración de elecciones libres (…)». Para Przeworski, más abstracto, se llega a ese punto cuando todos los intereses de todos los grupos son «sometidos a incertidumbre» y ningún grupo tiene un alto grado de control sobre la situación.[6]

Por último, es importante puntualizar sobre estos conceptos que la liberalización no necesita de la democratización (aunque sí puede ser complementada por ella), por ejemplo: un sistema autoritario puede llevar a cabo una liberalización para perpetuarse; pero en cambio, la democratización necesita en un grado mucho mayor a la liberalización.

1.3 La tercera ola de la democratización

El concepto de «ola democratizadora» fue acuñado por Huntington (1994) al periodizar en tres grandes etapas históricas los procesos de transición hacia la democracia. Cada ola es seguida por otra «contraola» antidemocrática. Para él, la primera ola (1828-1926), que dio origen a las democracias liberales, fue interrumpida por la contraola del fascismo de entreguerras (1922-1942); la segunda ola (1943-1962), debida al triunfo de los aliados en la II Guerra Mundial, fue interrumpida por la contraola de revoluciones tercermundistas y contrarrevoluciones golpistas (1958-1975); y la tercera ola (1974-1991), correspondiente a las transiciones en el sur de Europa, América Latina, Europa del Este y el Sudeste Asiático fue interrumpida por la contraola de las guerras balcánicas (o, también se puede considerar, por la contraola del declive en derechos políticos y libertados en la primera década y media del siglo XXI).

No existe ninguna explicación para la tercera ola en su conjunto. Los regímenes que transitaron a la democracia en este período son muy diversos. Sin embargo, sí es posible explicar el por qué cinco grandes grupos de democratizaciones con criterios históricos. El primer modelo, «cíclico», incluye los países que se han desplazado una y otra vez de regímenes autoritarios a democracias y a la inversa. El segundo, «segundo intento», se refiere a aquellos en que ya había existido una democracia que acabó por fracasar y convertirse en un régimen autoritario y que de nuevo retornan a la democracia con mayor éxito. El tercero, «democracia ininterrumpida», agrupa a los países cuyo gobierno había interrumpido parcialmente la democracia para más tarde ser retirados del poder. El cuarto, «transición directa», se da en aquellos países en que un régimen autoritario estable se convierte en una democracia estable. Finalmente, la «descolonización» hace referencia a los países que ven impuestos sobre ellos instituciones democráticas, volviéndose independientes tras haber sido víctimas del imperialismo extranjero.

2. ESTUDIO DE CASO: la democratización en Rusia

2.1 El origen: la Unión Soviética

Antes de proceder a estudiar la democratización de Rusia, y para entenderla, es conveniente hacer un esbozo del régimen inmediatamente anterior.

Se suele definir a la Unión Soviética como totalitaria en todas sus etapas históricas, pero ello pasa por alto los profundos cambios internos que sufrió el país durante toda su historia. La noción de que el poder soviético siempre había sido violento y represivo, además de simplista, está profundamente sesgada por su origen en la Guerra Fría. Olga Novikova (2007) ofrece un repaso histórico sobre esta idea. A finales de la década de los cuarenta, los sovietólogos americanos comenzaron a utilizar la expresión (recién acuñada por Arendt) para justificar los combates contra la URSS (por ejemplo, en la guerra con Corea), realizando un acercamiento entre el comunismo y el nazismo (con quien se acababa de combatir). Este método ofrecía, además, otras ventajas para occidente en esa pugna por la legitimidad tan propia de la Guerra Fría. Diez años más tarde, cuando la Guerra Fría llegó a la etapa de la «coexistencia pacífica», surgió una nueva escuela de sovietólogos americanos: los revisionistas, dispuestos a despolitizar el discurso sobre la URSS. Posteriormente, los totalitaristas volverían a imponerse, coincidiendo su hegemonía con la caída de la URSS. Por ello, cuando ésta cayó fueron ellos quienes tuvieron un mayor acceso a los medios y pudieron imponer su punto de vista. Siguiendo el ejemplo de Novikova, este texto no considerará totalitaria a la Unión Soviética, al menos desde 1953.

El poder legislativo se basaba en los sóviets, órganos de poder a diferentes niveles.[7] Ya la Constitución de 1936 dictaba que todos sus diputados habían de ser elegidos por «sufragio universal, igual, directo y secreto», con sufragio activo para los mayores de 18 años. El sufragio pasivo se reservaba a los mayores de 23 años (artículos 134 y 135), presentándose individualmente o como candidato de una asociación (como el Komsolol o los sindicatos), sin que fuera en ningún caso necesaria la membresía del PCUS, aunque efectivamente la mayoría de diputados escogidos acostumbraban a ser miembros del PCUS. Los miembros de este grupo en los sóviets no estaban obligados, ni explícita ni implícitamente, a votar en bloque, sino que ejercían de diputados independientes en toda regla.[8]

El Sóviet Supremo de la URSS era el órgano legislativo más importante,[9] homólogo de un parlamento occidental. Tenía alrededor de 1.500 diputados, fue constituido en 1938 y su sede se encontraba en el actual Palacio de Congresos del Kremlin. Constaba de dos cámaras: el Soviet de la Unión, en que se escogía a un diputado por cada 300.000 habitantes (el máximo histórico al que se llegó fue de 791 diputados), representando así los intereses comunes de todos los ciudadanos  de la URSS independientemente de su nacionalidad; y el Consejo de las Nacionalidades, en que se escogía a 32 diputados por cada República federada, 11 por cada República autónoma y 1 por cada Comarca nacional (625 en total); adoptando la función de cámara territorial.

Según de Aranegui (1967), el proceso legislativo en este nivel constaba de cuatro fases. La primera consistía en la presentación de un proyecto de ley.[10]  En segundo lugar, el Soviet Supremo recibía el informe y procedía en la discusión, junto con los miembros del Gobierno, representantes de asociaciones y científicos, en su caso. Posteriormente, el Soviet Supremo escuchaba el informe de los rapporteurs y consideraba las enmiendas, para posteriormente votar por mayoría simple (o mayoría por dos tercios de cada una de las Cámaras, cuando se trataba de enmiendas a la Constitución). Finalmente, el Soviet Supremo ratificaba los Decretos. A esto hay que añadir una puntualización importante: dado que el Soviet Supremo se reunía solo dos veces anualmente, entre estas dos ocasiones, el Presidium ponía el decreto en vigor provisionalmente (hasta su aprobación o denegación en la siguiente sesión).

Se constituía así un bicameralismo simétrico: se requería la mayoría de votos en ambas cámaras para aprobar un texto legislativo, ambas cámaras tenían iguales derechos e iniciativa legislativa, y ambas cámaras escogían su propio presidente y cuatro vicepresidentes. Las sesiones del Soviet Supremo, que duraban períodos de alrededor de un mes (empezando y terminando al mismo tiempo en ambas cámaras), se convocaban regularmente dos veces al año, y en ocasiones, también de forma extraordinaria.[11]

A diferencia de los diputados occidentales, los soviéticos no eran profesionales fijos. Cuando no estaban en las dos sesiones anuales o en las sesiones extraordinarias en el Soviet Supremo, seguían trabajando en sus distritos con los diputados de los consejos locales. Este contacto de los diputados con la población se justifica por el control que así podían ejercer de la ejecución de las leyes y reglamentos, adoptados por los poderes superiores.

Una vez cada cuatro años se realizaba una sesión conjunta ordinaria entre ambas cámaras para, entre otras cosas, escoger el Presidium del Soviet Supremo (de ahora en adelante, Presidium) y al Consejo de Ministros. De esta forma, el poder legislativo electo designaba a los otros dos poderes, ejerciendo de «fuente de soberanía», tal y como ocurre en las democracias occidentales.

La Jefatura del Estado se encontraba en el Presidium. Éste estaba formado su presidente (que era quien ejercía de Jefe de Estado), escogido por el Sóviet Supremo, y otros quince vicepresidentes (uno por cada República Federada), el secretario y otros veinte miembros. En total, 37 personas. El Presidium dirigía la actividad del Soviet Supremo, y tenía potestad legislativa mientras el Soviet Supremo no estaba reunido.

El Poder Ejecutivo era liderado por el Consejo de Ministros,[12] cuyos ministros eran escogidos en uno de los plenos conjuntos de ambas cámaras del Soviet Supremo. Su presidente ejercía de Jefe de Gobierno.

Sin embargo, el sistema político de la URSS ha sido enérgicamente acusado de atentar contra la división de poderes, concretamente, mezclando el poder legislativo con el ejecutivo. Belousovitch (1990) señaló que, en realidad, era el Consejo de Ministros quien desempeñaba el principal papel en el proceso legislativo, vulnerando la clásica separación de poderes. El Gobierno abusaba de los decretos. En palabras de Aranegui (1971: 8), «en las primeras siete convocatorias del Soviet Supremo (47 reuniones) se aprobaron 587 actos legislativos, incluida la aprobación de 280 Decretos, lo que demuestra que la mitad de la legislación se hace por Decreto». Estos decretos llegaban al Soviet Supremo solo en la fase final, para su aprobación, que para Belousovitch constituía una «formalidad vacía y unánime».[13] Cabe recordar que, según la legislación soviética, los decretos tenían fuerza de ley desde su emisión (aunque para perpetuarse requerían la posterior aprobación en la siguiente reunión del Soviet Supremo).

2.2 El proceso: la democratización

Repaso histórico

Según Novikova (2007), ya en la era de Khruschev en Rusia salió a escena la llamada «generación de los años sesenta», o los «sesentistas», a la que pertenecería, por ejemplo, Gorbachov. En el seno de esta generación se produjeron profundas divisiones, sobre todo a partir de 1968, distanciando a los «nacionalistas» de los «liberales».

Los nacionalistas eran marxistas ortodoxos que no querían abandonar el proyecto del socialismo. En el grupo de los liberales, en cambio, cabía un amplio abanico de opciones ideológicas (desde marxistas hasta liberales dogmáticos) con el objetivo común de introducir reformas democratizadoras y acabar con la Guerra Fría acercándose a una Europa idealizada. Tanto unos como otros habían vivido muchos cambios en la interpretación de la historia,[14] de modo que pretendieron construir su propia versión ajena a la historia oficial buscando contacto con el bando perdedor de la revolución rusa: los monárquicos, los mencheviques o la izquierda no marxista. Como resultado, se creó una versión de la historia basada en la memoria oral. En ambos grupos, pero especialmente en el de los liberales, se empezó a criticar abiertamente al sistema,[15] incluso quienes ocupaban posiciones elevadas en la escala social. Tanto nacionalistas como liberales estaban representados en las altas esferas del poder, e incluso en el Comité Central del PCUS. Durante los cincuenta, sesenta y setenta aumentó constantemente el espacio para la libertad en toda la URSS, tendencia promovida por la intelliguentsia soviética. La literatura, que en la URSS siempre había tenido contenido político y pedagógico, ahora era profundamente crítica con el pasado soviético.

La vuelta a la línea dura entre 1968 y 1985 produjo un apaciguamiento de la lucha ideológica. En esta época se extendió la búsqueda de proyectos alternativos al marxismo para el futuro del país. La historiadora Maria Ferretti (2002) apunta a que en esta época se desarrollaron opciones intermedias entre los extremos de la defensa del régimen y la disidencia. La población, y especialmente, las élites y miembros del PCUS, perdió su atracción por el marxismo.

Este auge de lo que sería llamado «reformismo», especialmente adjudicado a los sesentistas, se vería reflejado en las reformas económicas de la década de los setenta y los ochenta. Frente a los reformistas, sin embargo, los «conservadores» eran partidarios de perpetuar la economía planificada y los principios del socialismo.

En el inicio del Gobierno de Gorbachov, los conservadores seguían teniendo aún, en parte, la sartén por el mango. Los reformistas se quejaban de los insignificantes cambios en el proceso legislativo que habían introducido las enmiendas constitucionales de diciembre de 1988. Éstas fueron significativas a otros niveles, pero dejó intactos los procedimientos para iniciar la legislación (el único cambio fue el nuevo artículo 114, que sustituía al artículo 113 del texto original). En el ámbito legislativo, los reformistas denunciaban que los proyectos de ley eran elaborados en secreto por el Gobierno (de mayoría conservadora). El poder de los conservadores también se hacía notar en que, a pesar de que en 1989 el prestigio del PCUS y la burocracia se encontraba ya gravemente socavado (debido entre otras cosas a las revelaciones de horrores del pasado que hasta entonces habían permanecido como secretos de estado, en el marco de la glásnost), la mayoría de los diputados electos en esas elecciones continuaban siendo conservadores, y un 87% de ellos pertenecían al PCUS (si bien pertenecer al PCUS no implicaba necesariamente ser conservador). No se expresó, pues, un gran apoyo a los reformistas por parte de los electores.

Sin embargo, era cuestión de tiempo que los conservadores perdieran el poder que les quedaba. Según Taibo (1994), uno de los rasgos centrales del abordaje del plano político por parte de la perestroika en 1988 fue la movilización controlada de la población, dado que los reformistas se habían dado cuenta de la necesidad de trasladar sus criterios  la población. Además, algunos de los conservadores comenzaban a discrepar en favor de los reformistas. Aunque los desacuerdos entre los conservadores se hacían cada vez más grandes, a principios de 1990 los funcionarios del PCUS aún no habían hecho ningún esfuerzo serio para restaurar la cohesión interna. La adopción de una «plataforma democrática» que abogaba por un sistema multipartidista y la abolición del centralismo democrático[16] en el seno mismo del PCUS, en una conferencia del partido en Moscú los días 20 y 21 de enero, ejemplifica muy bien estas controversias internas.

Mientras tanto, se consolidaban nuevos poderes en las repúblicas,[17] vaciando los poderes del centro. Finalmente, Rusia declaró su soberanía el 12 de junio de 1990, limitando al territorio ruso la aplicación de las leyes de la URSS.

El 17 de marzo de 1991 se realizó un referéndum sobre la continuidad de la URSS, boicoteado por algunos países. Aunque una gran mayoría (un 76%) expresó su deseo de perpetuar la URSS, las negociaciones posteriores fueron por otro camino: el Nuevo Tratado de la Unión reemplazaría al Tratado de Creación de la URSS de 1922, reemplazando así la Unión Soviética por una nueva entidad llamada Unión de Estados Soberanos. Aunque la firma por parte de Rusia, programada para el 20 de agosto de 1991, se vio frustrada por el intento de golpe de estado de algunos miembros conservadores del PCUS (golpe puso a Gorbachov en arresto domiciliario a Gorbachov en su casa de veraneo en Crimea del el 19 y el 21 de agosto), éste solo consiguió la puesta del PCUS fuera de la ley.

Yelstin había sido escogido Presidente de la Federación Rusa en junio.

El 8 de diciembre de 1991 fue firmado por parte de Rusia, Ucrania y Bielorrusia el Tratado de Belavezha. Este acuerdo declaró la disolución oficial definitiva de la URSS.

Dado que la extensión del texto ha de atenerse a unos límites, de la etapa posterior se debe mencionar solamente la retirada en marzo de 1993, por parte del Parlamento, de los poderes presidenciales que el mismo Parlamento le había otorgado a Yelstin. Su reacción fue declarar un régimen especial que restringía los poderes del Parlamento, pero tal declaración fue considerada ilegal por el Tribunal Constitucional. El 21 de septiembre, Yelstin disolvió el Parlamento, y dos días después, el Parlamento aprobó la destitución de Yelstin por 636 votos a favor y 2 en contra. Durante estos meses siguientes se produjeron numerosos enfrentamientos callejeros, muriendo decenas manifestantes a manos de la policía. El 4 de octubre Yelstin mandó al ejército destruir el Parlamento ruso. El 25 de diciembre entraría en vigor la nueva Constitución de la Federación Rusa.

Análisis: contraste con la teoría de la democratización

Según las definiciones de «transición» de O’Donell y Schmitter y la de Morlino, es relativamente fácil decir cuándo acabó la transición soviética: con la entrada en vigor de la Constitución Rusa. Sin embargo, no se puede definir tan claramente su inicio.

Una mirada amplia de podría tener en cuenta que la transición es una transferencia de poder, y de esta forma considerar que el comienzo de la disolución del régimen comienza con la llegada al poder de los reformistas. Sin embargo, la llegada al poder por parte de éstos se produjo de forma muy temprana, y por entonces aún no se daba otra característica típica de las transiciones: de momento, las reglas del juego sí estaban definidas.

Una mirada más restrictiva exigiría el cumplimiento también de esta segunda característica. Se puede considerar a la glásnost y la perestroika (especialmente la primera) una «ofensiva» de los reformistas para ganar el apoyo de la población al contribuir al rechazo general del proyecto soviético, lo cual sería una señal evidente de la pugna para establecer nuevas reglas de juego y decidir quiénes serían los ganadores y los perdedores de éstas, desdibujándose las reglas de juego anteriores. Por lo tanto, según esta perspectiva, el inicio de la transición se daría con la glásnost y la perestroika en 1985. El autor de este texto se decanta por esta opción, al hacer coincidir también el inicio de la transición con el fin del período de «mano dura» que había comprendido los años 1968 a 1985. Por tanto, se define la transición rusa como el período que abarca desde la puesta en marcha de la glásnost y la perestroika en 1985, con los reformistas ya anclados en el poder, hasta la entrada en vigor de la Constitución Rusa en diciembre de 1993.

Hay que destacar que, en cualquiera de las dos consideraciones, la tercera característica típica de las transiciones (que son dirigidas desde las propias élites del régimen) se cumplió siempre. También para Offe (2004: 70) la introducción de nuevas instituciones económicas y políticas se realizó de manera instrumental y dictada por la élite en un período de tiempo muy breve. Pero llama la atención que, a diferencia de otras transiciones de la tercera ola de la democratización como la española, donde las élites coincidían con la mayoría de la población en la necesidad de finalizar el régimen,[18] en este caso fue una transición de las élites contra la voluntad de una gran parte de la población.[19] En este caso, de hecho, gran parte élites no parece haberse visto obligada a emprender la transición, ni parece haber intentado conservar el sistema, sino todo lo contrario. En buena medida, fueron las élites las que querían hacer el cambio y la población quien se vio arrastrada. La disconformidad de la población es muy visible atendiendo a la enorme nostalgia que aún hoy despierta el pasado socialista, hecho que no encuentra parangón con las democratizaciones de otros países. Por poner algunos ejemplos, el Partido Comunista, que se considera heredero del PCUS y proclama la necesidad de volver al pasado, ha quedado en segunda posición en todas las elecciones presidenciales y parlamentarias excepto en las de 1995, y a nivel regional ha logrado mejores resultados (llegando a vencer al primer partido, Rusia Unida, en ocasiones). Además, una encuesta del centro de investigación sociológica Levada mostró que los dos dirigentes mejor valorados del siglo XX para los rusos son soviéticos (Brezhnev y Stalin); mientras que los dos dirigentes más odiados del siglo son los de la transición (Gorbachov y Yelstin).[20] Otro ejemplo: una investigación del Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia concluyó que para el 41% de los rusos el mejor sistema económico es el comunismo, y solo el 2% es partidario del liberalismo (Gorshkov, 2011).

Los actores típicos categorizados por Przeworski no coinciden en casi nada con los actores de la transición soviética, apuntando a un proceso particular: las fuerzas armadas casi no tuvieron implicación (salvo en los últimos meses), y la burguesía no existía al tratarse de un estado socialista (aunque surgiría en seguida). En cambio, la clase obrera sí cumple con el estereotipo del autor (había mostrado por referéndum su disconformidad con la disolución de la URSS, y se organizó para detenerla, aunque sin éxito). La otra caracterización tampoco acierta de pleno: en el bloque gobernante soviético se encontraba ya la propia oposición (los reformistas), aunque entre los conservadores sí se podría, seguramente, distinguir a los duros de los blandos.

La liberalización se puede observar, tal y como se ha dicho en el repaso histórico, desde la llegada al poder de Khruschev, y gradualmente, durante los años cincuenta y sesenta hasta 1968. La narración de Novikova muestra, de hecho, el «efecto multiplicador» propio de las liberalizaciones en esta época. Sin embargo, esa liberalización no entra en el período que se ha considerado transición. La liberalización mayor y definitiva es la que se produjo a partir de 1985 con las famosas reformas de Gorbachov. Por lo tanto, se puede decir que, en lo que sí fue típica la transición soviética, fue en que la liberalización se correspondió a su primera fase.

La democratización y sus dos procesos simultáneos establecidos por Przeworski se desarrollaron de la siguiente forma:

  • La desintegración definitiva del régimen autoritario dio comienzo con la declaración de independencia de Estonia en 1990: a partir de ese punto el régimen se empezó a desintegrar, comenzando a realizar acciones que conllevaban su autodestrucción, hasta acabar con la firma del Tratado de Belavezha. Para dicha desintegración pueden argumentarse cualquiera de las cuatro explicaciones que ofrece Przeworski, aunque es muy interesante que, mientras el autor explica cada una a partir de la anterior, en el caso de la transición rusa parece ser al contrario: cada causa es explicada por la siguiente, en orden inverso. A mi juicio, la cuarta explicación que él expone (las presiones externas) constituyó el punto de partida para la desintegración de la URSS. Aunque no se ha comentado en este texto, no es aventurado pensar que las élites soviéticas se vieron atraídas por el modelo occidental tanto por el desgaste económico constante de la Guerra Fría y la caída de la imagen internacional soviética tras los acontecimientos de 1968, como por su pretensión de gozar de los mismos privilegios que gozaban las élites al otro lado del Telón de Acero (ya que, desde la década de los setenta, las élites occidentales habían visto multiplicadas sus riquezas gracias a las nuevas recetas neoliberales que, entre otras cosas, habían reintegrado en el mercado servicios que hasta entonces habían sido públicos —y si algo había en abundancia en la URSS eran las propiedades estatales—).[21] Al interesarse parte de las élites por el modelo occidental, se habrían creado divisiones y conflictos en el bloque gobernante (tercera explicación de Przeworski), logrando los reformistas el apoyo de occidente y trasladando esa disidencia a la movilización popular. Ello constituiría una alternativa más legítima que el propio sistema (segunda explicación de Przeworski), y, finalmente, el régimen habría dejado de ser necesario (primera explicación de Przeworski). Las causas del desmoronamiento del régimen soviético parecen seguir, entonces, un orden causal exactamente inverso al prototipo del teórico.
  • Por su parte, la instauración de instituciones democráticas no corría prisa, pues éstas ya existían. Ahora bien, la democracia propiamente liberal, si es que llegó (se analizará en el punto 2.3 «El resultado: la Federación Rusa»), llegaría con la Constitución y la celebración de elecciones parlamentarias en 1993, momento en que este texto da por terminada la transición. Para llegar a esta conclusión se ha seguido al pie de la letra el criterio de Conejero sobre la finalización de la democratización (es decir, la aprobación de una nueva Constitución y la celebración de elecciones libres). Puede que también se haya seguido el precepto de Przeworski (el sometimiento a la incertidumbre por parte de los intereses de todos los grupos), ya que, ¿se puede considerar que esa incertidumbre se consiguió en la misma fecha dada la elevada volatilidad electoral rusa en los noventa?[22]

2.3 El resultado: la Federación Rusa

La Federación de Rusia consta de 83 sujetos federales: 21 Repúblicas (que cuentan con Constituciones propias y con un alto grado de autonomía para cuestiones internas), 46 provincias, 9 regiones, 4 circunscripciones autónomas, 2  ciudades federales (Moscú y San Petersburgo) y una provincia autónoma. Rusia es una República federal semipresidencialista con un Presidente de la República electo por los ciudadanos en comicios directos y un Primer Ministro y un gobierno responsables ante el parlamento.

Breve explicación del sistema político de la Federación Rusa

La información de este subapartado procede fundamentalmente de Erguido (2014). El máximo órgano del poder legislativo es la Asamblea Federal. Se compone de dos cámaras: el Consejo Federal y la Duma. La Duma actual es una versión moderna de la Duma zarista fundada en 1906. Consta de 450 diputados escogidos cada 5 años (cada 4 años antes de la enmienda constitucional de 2008). Puede ejercer el sufragio pasivo cualquier ciudadano mayor de 21 años. El Consejo Federal es la cámara alta y se compone de dos miembros por sujeto federal (un representante de su poder legislativo y otro propuesto por su poder ejecutivo, 178 en total), sin estar escogidos por sufragio directo.

El jefe del Estado o Presidente es escogido por sufragio universal cada seis años (hasta 2008 era escogido cada cuatro años).

El jefe del Gobierno o Primer Ministro es escogido por el jefe del Estado con la aprobación y revocabilidad de la Duma. No es necesario que proceda del poder legislativo: se puede tratar de cualquier ciudadano mayor de edad. El jefe de Gobierno propone los ministros al jefe del Estado para nombrarlos.

Análisis: contraste con la teoría de la democracia

Atendiendo a los criterios compilados en la teoría seleccionada, Rusia no cumple del todo ninguno de los requisitos para caber en la definición de democracia.

  • En virtud de los artículos 81 y 96 de la Constitución de 1993,[23] se celebran periódicamente elecciones directas, competitivas y en las que, en principio, toda la población adulta tiene derecho a votar. No obstante, éstas no siempre han sido limpias.[24]
  • Esas elecciones seleccionan al Presidente y a la Duma, y ambos toman decisiones colectivas con amplias competencias (sobretodo el Presidente).[25] En cuanto a las injerencias, no hay indicios de que la actuación de los líderes rusos haya sido fuertemente limitada por ningún actor o fenómeno particular, salvo quizás dos excepciones: las sanciones impuestas en los últimos años desde occidente y algunas organizaciones internacionales, y la elevada deuda pública hasta 2005.[26]
  • Esas elecciones se someten a reglas y procedimientos establecidos de forma permanente (si bien en 2008 se aprobaron enmiendas a la Constitución que modificaban algún aspecto importante del sistema electoral),[27] aunque por la naturaleza histórica de la democratización rusa es difícil afirmar que esas reglas y procedimientos sean consensuados (si bien la Constitución fue sometida a referéndum y escasamente aprobada por el 54,5% de los votantes, con una participación del 54,8%).[28]
  • La capacidad de coexistencia con la disidencia es limitada, sin garantizar en ocasiones las libertades civiles y políticas.[29]

Si la cuestión de la democracia es una dicotomía, Rusia se define como un estado no democrático al no cumplir estrictamente con ninguno de los requisitos mínimos para considerarla así.

Si se trata de una variable cardinal, entonces se podría decir que Rusia es casi una democracia al casi cumplir cada uno de los requisitos. Al tratarse de este tipo de variable, también pueden aplicarse otras medidas que cuantifiquen su calidad. En este caso se ha utilizado parcialmente la medida de Levine y Molina (2007), basada en cinco dimensiones.

La segunda dimensión es la participación electoral. Se argumenta que cuanto mayor sea la participación, mayor es la probabilidad de que los gobiernos y sus decisiones representen la voluntad de los ciudadanos.

La participación electoral rusa para las elecciones al Parlamento se ha mantenido alrededor del 60%, y para las elecciones presidenciales, alrededor del 70%.[30] No se detecta ningún declive constante en la participación (a diferencia de muchos países occidentales en la actualidad), y sus niveles son poco alarmantes en comparación con otros países desarrollados. Por lo tanto, no se encuentra en esta dimensión ningún indicador de ausencia de democracia.

La quinta dimensión es la responsiveness (capacidad de respuesta a las demandas de los ciudadanos). La formulación y aplicación de las políticas que demandan los ciudadanos por parte de los gobernantes es un componente importante de la democracia. Esto se podría operacionalizar mediante la identificación de los ciudadanos con los partidos: si se sienten satisfechos con alguno, es probable que se identifiquen con él. En Rusia el nivel de identificación con los partidos es muy bajo. Según el estudio de opinión PCP II, sólo un 21% de los rusos se identificaban con algún partido en 1988 (Rudi, 2006: 12). Sin embargo, esto puede estar influido en buena medida por la costumbre, dado que en el sistema electoral soviético ningún partido se presentaba a las elecciones (todos los candidatos eran independientes).[31] Ante este posible sesgo, sería demasiado aventurado concluir de aquí que el nivel de democracia en este sentido es bajo.

La dimensión 6 (soberanía) ya ha sido analizada, y las dimensiones 1 (decisión electoral), 3 (representatividad) y 5 (responsabilidad) exigirían análisis más profundos.

Como conclusión de este apartado, la democratización rusa no ha sido exitosa si ha tenido objetivo de alcanzar una democracia plena. Sin embargo, es probable que al menos sí haya supuesto una mejoría respecto a la URSS alcanzando una democracia de mayor calidad.

3. CONCLUSIONES

La democratización rusa parece constituir un caso muy particular a la vista de las contradicciones entre la teoría sobre la democratización y la realidad de la democratización rusa. Esta contradicción se hace especialmente atractiva en el orden causal de los motivos de la destrucción del régimen, al ser justamente inverso al propuesto Przeworski.

A mi juicio, lo más particular de la transición rusa es que fuera dirigida por las élites, pero no obligadas por la voluntad mayoritaria, sino en contra de la voluntad mayoritaria. Esto es evidente a la luz de los datos: en Rusia, los partidarios de perpetuar la Unión Soviética consiguieron el 75,4% del referéndum de 1991 con el 71,3% de participación,[32] mientras que los partidarios del nuevo régimen constitucional consiguieron el  54,5% del referéndum de 1993 con el 54,8% de participación. Durante este período, las movilizaciones populares más importantes no se produjeron por masas favorables al proceso, sino críticas con él y con Yelstin. La baja identificación de los rusos con los partidos políticos, los amplios resultados electorales que el Partido Comunista de la Federación Rusa continúa consiguiendo y la extendida nostalgia del antiguo régimen soviético confirman esta tesis. No obstante, cabe decir que esta sensación puede estar explicada por la catástrofe económica que supuso el radical cambio económico en los noventa, hecho que no se estudia aquí. También puede ser explicada por el desengaño de muchos ciudadanos que habían tenido una confianza ciega en occidente, tal y como sugiere Judt al decir que «a partir de 1989, el término ‘Europa’ ha adquirido connotaciones poco halagüeñas en los antiguos Estados comunistas»  (2013: 85), volviéndolos ahora idealistas en el recuerdo del pasado régimen: «Así como cualquier cosa que pudiera calificarse de ‘capitalista’ fue objeto de una admiración acrítica por parte de casi todos los que vivieron bajo el comunismo (…), el comunismo (…) puede todavía adquirir parte de este mismo aura para aquéllos que han sufrido en la transición posterior a 1989» (2013: 86).

El resultado conseguido, en el plano de la democracia, es mejorable, pero es fácil concluir que se ha producido una mejora. Esa conclusión se ve reafirmada por las encuestas realizadas entre 1992 y 1993 por el Servicio Cultural e Informativo de Estados Unidos (USIA). Esas encuestas muestran que, aunque la mayoría de ciudadanos de los estados postsoviéticos expresaban nostalgia por las garantías en materia de seguridad económica, sí consideraban que el nuevo sistema político mejor que el anterior.

Finalmente lamento no haber encontrado una teoría general sobre las democratizaciones de la tercera ola para analizarlo desde ese punto de vista. La teoría de Huntington al respecto no era general y pecaba de historicista, a diferencia de la de Przeworski, cuya abstracción me ha sorprendido gratamente y me ha facilitado el trabajo.


Bibliografía

Obras citadas en el texto:

  • Aranegui, Manuel de (1971) «El régimen parlamentario en la Unión Soviética», Revista de estudios políticos, ISSN 0048-7694, núm. 176-177, 1971, págs. 113-138. Disponible en goo.gl/lfSWes
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  • Conejero Paz, Enrique (2004) Transiciones poscomunistas: algunas reflexiones sobre la democratización en Cuba. Disponible en: gl/T7zKDl
  • Dahl, R. A. (1989) La poliarquía. Participación y Oposición, Madrid, Tecnos. soviétique, Moscú, 1967.
  • Erguido, David (2014) El sistema político de la Federación Rusa, en Sánchez Medero, Gema y Sánchez Medero, Rubén (directores) «Sistemas políticos en Europa» (segunda edición), Valencia: Tirant lo Blanch.
  • Gorshkov, Mijaíl (2011) Российское общество как оно есть (La sociedad rusa tal y como es), Moscú: Новый хронограф.
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  • Judt, Tony (2013) ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa, Madrid: Taurus.
  • Levine, Daniel H.; Molina, José E. (2007) «La calidad de la democracia en América Latina: una visión comparada», América Latina Hoy, núm. 45, págs. 17-46. Disponible en: goo.gl/6jv7l8
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  • Offe, C. (2004) Las nuevas democracias: transición política y renovación institucional en los países post comunistas. Barcelona, Editorial Hacer.
  • O’Donell, Guillermo y Schmitter, Philippe C. (1986) Transiciones desde un gobierno autoritario. Tomo 4: Conclusiones tentativas sobre las democracias inciertas, Buenos Aires: Paidós.
  • Rudi, Tatjana (2006) What kind of party identification does exist in emerging democracies in Central and Eastern Europe? Disponible en: gl/4fDHWw
  • Sartori, Giovanni (1957) Democrazia e definizioni, Bolonia, IlMulino
  • Sartori, Giovanni (1993) La democracia después del comunismo, Madrid: Alianza Editorial.
  • Sartori, Giovanni (1994) Partidos y sistema de partidos, Madrid: Alianza Editorial.
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  • Schumpeter, J. (1968) Capitalismo, socialismo y democracia, Madrid, Aguilar.
  • Taibo, Carlos (1994) Los cambios en el este: una guía introductoria, Madrid: Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid.
  • Weber, Max (1968) Economy and Society. Volume 1, Nueva York: Bedminster.

Otras obras consultadas, pero no citadas:

  • Anderson, Lisa (editora) (1999) Transitions to democracy, New York: Columbia University Press.
  • Beyme, Klaus von (1996) Transition to democracy in Eastern Europe, Hampshire: MacMillan Press.
  • Gramsci, Antonio (1971) Selections from the Prison Notebooks, Nueva York, International, págs.160 y 181.
  • Hough, Jerry; Fainsod, Merle (1979).How the Soviet Union is Governed. Harvard UniversityPress. ISBN: 0674410300.
  • Lijphart, Arendt (1995) Sistemas electorales y Sistema de Partidos: Un estudio de veintisiete democracias 1945-1990. Madrid: Centro de Estudios Constitucionales
  • Linz, Juan J. (1975) Sistemas totalitarios y regímenes autoritarios, Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
  • Lipset, Seymour (1966) Repensando los requisitos sociales de la democracia. Agora, 5: 29-65.
  • Montero, J. R y Lago, I. (2005) «La investigación sobre los sistemas electorales: cinco debates y una selección de artículos.» Revista Zona abierta núm. 110/111.
  • Nohlen, D. (1994) Sistemas electorales y Partidos Políticos, México: Fondo de Cultura Económica.
  • Randall, Vicky y Svasand, Lars (2002) Introduction: Persistence, Erosion, Breakdown and Renewal, en Diamond, Larry et al. (eds) Democracy in Developing Countries. Vol 3. Asia, págs. 1-52. Boulder: Lynne Rienner.
  • Sartori, Giovanni (2003) ¿Qué es la democracia?, Madrid, Taurus.
  • Valdés, Leonardo (1997) Sistema electoral y de partidos, México: Instituto Federal Institucional.

Textos legales consultados:

  • Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1936. Traducción no oficial al español. Disponible en goo.gl/J9a2Ui
  • Constitución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas de 1977. Traducción no oficial al español. Disponible en goo.gl/PQbceL
  • Constitución de la Federación Rusa de 1993. Traducción no oficial al español. Disponible en goo.gl/zkvjfO

Referencias

[1] Por ejemplo, España tras la victoria del Frente Popular en 1936, Chile tras la victoria de Allende en 1970 o Venezuela tras la victoria del PSUV en 1998.

[2] Honecker profundizó esa idea en Notas de la cárcel. Se pueden leer algunos fragmentos en: goo.gl/n9Lp1K

[3] Esto suele incluir una Cámara Baja o un organismo similar. Sin embargo, en otras instituciones democráticas se puede faltar al principio de elección directa, como suele ser el caso de los Primeros Ministros y sus Gobiernos.

[4] De hecho, las perspectivas favorables de la democracia en una transiciónse reducen drásticamente cuando la violencia se difunde.

[5] La consideración de Offe (2003) sobre el caso particular de las transiciones postcomunistas encaja perfectamente con esta tesis: según él, esas transiciones se basaron en esos dos aspectos: el descontento con las instituciones anteriores y la presencia de un modelo de un nuevo orden institucional.

[6] Para él, en un régimen autoritario, ciertos grupos (típicamente las fuerzas armadas) poseerían la facultad de intervenir toda vez que el resultado de un conflicto sea contrario a sus intereses. Según este criterio, ¿habría que considerar autoritarios a los regímenes cuyas instituciones democráticas se encuentran amenazadas por grupos concretos, como expuse al caracterizar la no injerencia?

[7] Los sóviets en cada nivel eran los siguientes: sóviets de los distritos, ciudades y localidades rurales (stanitsas, aldeas, caseríos, kishlaks y aúles), sóviets de las regiones autónomas y de las comarcas, sóviets de territorio y de región, Sóviets Supremos de las Repúblicas federadas, Sóviets Supremos de las Repúblicas autónomas.

[8] En palabras de Aleksandr Yakovlev, miembro del Politburó: «Ningún diputado ha sido acusado de violar la disciplina del partido por expresar sus opiniones, al menos yo nunca he oído hablar sobre ningún miembro del partido reprochado por sus opiniones en el Parlamento». KomsomolskayaPravda, 17 de diciembre de 1989.

[9] Antes de 1938, el órgano más importante había sido el Comité Ejecutivo Central de la Unión Soviética.

[10] El proyecto de ley podría ser presentado al Soviet Supremo por múltiples actores: una de sus Cámaras, una sus Comisiones, uno de sus diputados, el Presidium, el Consejo de Ministros, la Corte Suprema, las Repúblicas de la Unión, el Comité Central del Partido Comunista, las asociaciones del pueblo, el Consejo Central de Sindicatos o la Joven Liga Comunista.

[11] Las dos sesiones anuales regulares eran convocadas por el Presidium. Las reuniones extraordinarias podían ser convocadas por el Presidium o a petición de cualquier República Federada.

[12] Antes de 1946, había sido liderado por el Consejo de Comisarios del Pueblo (Sovnarkom).

[13] El texto original dice: «Such approval was invariably a unanimous, empty formality».

[14] Por ejemplo, antes de la guerra se demonizaba el zarismo, y durante esta se suavizó su imagen para crear conciencia nacional.

[15] Según la autora, «es típico de los autoritarismos blandos (…), la expresión política del descontento es imposible pero el régimen existente no es lo suficientemente temido como para que se renuncie a intentarlo» (2007: 76).

[16] El centralismo democrático es un concepto leninista de vital importancia para el sistema político soviético.

[17] Estonia, Letonia, Lituania (mediante la Revolución Cantada) y Georgia declararon su independencia de la URSS. En enero de 1991 hubo un intento fallido de retornar a Lituania a la URSS por la fuerza y derribar a las autoridades lituanas.

[18] Así lo demuestra el 88% de aprobación en el referéndum sobre la Constitución Española de 1978.

[19] Así lo demuestra el 76% de aprobación en el referéndum sobre la continuidad de la URSS de 1991.

[20] Stalin, el segundo líder mejor valorado por la mayoría de los rusos, diario ABC, 22/05/2013. Disponible en:  goo.gl/iSckJg

[21] Esto también se corresponde con lo que hicieron realmente esas élites soviéticas (reconvertidas en «oligarcas rusos») tras la transición: se vendieron a manos privadas enormes empresas estatales a precio de saldo, convirtiendo a Moscú en la ciudad con más multimillonarios del mundo en 1998.

[22] La volatilidad electoral media rusa en las tres primeras elecciones tras la transición fue de un 31,8%. De hecho, los sistemas de partidos de los países poscomunistas tienden a presentar elevados índices de volatilidad electoral: la de Estonia fue de un 48,1% y la de Polonia de un 19,1%, por ejemplo (datos extraídos de Conejero, 2004: 19).

[23] El artículo 81 hace referencia a la elección del Presidente, y el artículo 96 hace referencia a la elección de la Duma.

[24] Recientemente, un estudio del PNAS ha recogido algunas de las acusaciones de fraude electoral en Rusia y otros países (goo.gl/JKqRS1), siendo especialmente grave el caso ruso. Se incluyen investigadores de la Universidad de Viena que han detectado, mediante técnicas estadísticas, presuntos pucherazos electorales desde 1995 (goo.gl/2lGPh0); o el análisis estadístico realizado por el Imperial College de Londres. Las elecciones legislativas de 2011 y las presidenciales de 2012 han sido especialmente criticadas. En las de 2012, la OCDE denunció, entre otras cosas, que durante el recuento de votos «el proceso se deterioró» y fue «negativamente evaluado en casi un tercio de los colegios electorales» (goo.gl/DP1X7q).

[25] El poder político ruso está concentrado en la figura del Presidente y, por tanto, el papel de los partidos parlamentarios es secundario. La figura de Putin ha alcanzado tal protagonismo que se puede incluso vincular a Rusia con el concepto de «democracia delegativa» de O’ Donell, en el que los personalismos se incrementan y el ejecutivo intenta monopolizar el poder.

[26] Si bien la deuda externa había sido pequeña durante la URSS (por ejemplo, en 1988 era veinte veces menor que la de Estados Unidos), aumentó con la perestroika y más aún con la llegada del capitalismo. En 1999, el porcentaje de deuda pública sobre el PIB  era de casi un 100%. La cifra disminuyó drásticamente hasta 2005, y desde entonces se sitúa entre el 10% y el 15% (datos extraídos de goo.gl/pjKqMf).

[27] Además de las enmiendas referidas antes, otro cambio importante en la Duma es que hasta 2007 había diferentes métodos para escoger a los diputados (la mitad eran escogidos por un sistema de representación proporcional y la otra mitad por la pluralidad en distritos de miembros únicos), mientras que partir de las elecciones de 2007 todos los diputados son escogidos por un sistema de representación proporcional.

[28] Datos extraídos de goo.gl/pZwOBO (en ruso).

[29] Según un reciente Informe de Human Rights Watch, desde que en mayo de 2012 Putin regresara a la presidencia, el gobierno ha introducido leyes de acoso e intimidación a quienes disienten del dictado oficial. Disponible en: goo.gl/i0KG3y

[30] Los datos para calcular esos promedios han sido extraídos del proyecto IDEA y se pueden consultar en goo.gl/rCSEJK

[31] La costumbre también explicaría la importante proporción de escaños que aún hoy suelen obtener los candidatos independientes en la Duma (Conejero, 2004: 12).

[32] Esta cifra adquiere más valor cuando se añade que Rusia fue la segunda república con menores resultados en el referéndum, tras Ucrania (que consiguió un 70,2% de síes, con una participación del 83,5%).

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