Una crítica inusual al veganismo

El veganismo y el animalismo son idearios nobles y razonables que, desde una concepción sincera y radical de la justicia, promueven el derecho de todos los seres vivos a ser respetados. Para asignar ese derecho, establecen criterios mucho más justos que los tradicionales, como la capacidad de sentir. Sin embargo, los veganos parecen creer que todos los animales tienen una capacidad de sentir homogénea. Olvidan también, a menudo, la existencia de problemas mucho más graves (incluso desde sus propios criterios), y se basan en una estrategia inútil: el boicot de consumo. Aquí encontrarás críticas al veganismo que, probablemente, no hayas oído nunca.

La óptica vegana: ¿cómo piensan los veganos?

Objetivamente, ya no existe ninguna necesidad de comer animales para sobrevivir, ni siquiera para llevar una vida sana (mas antes al contrario), así que quien come carne colabora gratuitamente en el asesinato indiscriminado, la tortura y el sufrimiento de animales.

El veganismo tiene claros vínculos cognitivos con el anarquismo: ¿acaso tratar al resto de especies animales como nos gustaría que nos tratasen a nosotros no es rechazar la autoridad sea cual sea su origen, incluso si es entre especies? Así el veganismo se opone a la superioridad del ser humano sobre el resto de animales. Esta relación de igualdad también está relacionada con el respeto al medio ambiente, relacionándose con éste como él se ha relacionado con nosotros: aportándonos todo lo necesario para vivir. Esto daría para debate, pues si hemos de tratarla con reciprocidad no tenemos por qué tratarla «bien» (¿en qué medida la naturaleza está para complacernos?).

En mi opinión, el mejor argumento de los veganos es el relacionado con el medio ambiente: para producir un quilo de carne se necesitan casi mil quilos de vegetales, lo que equivale a una inmensa extensión de cultivos (los vegetales tienen poca densidad). El aumento del consumo de carne está obligando a ampliar los cultivos en el mundo, lo que a su vez obliga a desforestar enormes bosques y selvas, con desastrosas consecuencias para el clima y los ecosistemas y poblaciones tribales que allí se alojan. Si consumiéramos menos carne y derivados de animales (o si no consumiéramos nada de eso) no haría falta destruir todos esos territorios naturales.

Su crítica a los vegetarianos

Una primera diferencia práctica entre vegetarianos y veganos es que los segundos no solo no comen carne ni pescado, sino que tampoco consumen productos procedentes de animales (lácteos, huevos…). Es muy comprensible: la vida a la que se condena a los animales para producir alimentos derivados suele ser casi peor que la de los que se utilizan para comer su carne. Para hacer productos de origen animal, los animales son explotados, encerrados, coartados y despojados de toda su vida natural. Por ejemplo, para que una hembra de mamífero tenga la leche, se la viola previamente, se separa el ternero recién nacido de su madre[1] y se enganchan ventosas en sus pezones durante horas; o los pollos son diseñados genéticamente para dar el máximo de sus posibilidades con luz permanente y sin ninguna libertad, si nacen macho (no valen para poner huevos) se les tritura vivos, y a las gallinas se les corta el pico, a veces con lengua, para que no piquen. Ningún ser vivo querría estar en esas condiciones de hacinamiento para producir comida para otra especie. Y comer huevos o leche contribuye a la dominación humana sobre las aves y el ganado. Para los veganos, la zootecnia (como ámbito que busca la economización de la explotación animal) y las leyes de bienestar y producción animal vigentes desde 2008 y 2014 son en el mejor de los casos una patraña para acallar voces críticas y tranquilizar la consciencia de la gente.

Una segunda diferencia práctica con los vegetarianos es que los veganos no contribuyen (o no deberían contribuir) a la industria farmacéutica o cosmética (por ejemplo) cuando estas utilizan a animales para testear sus productos o para experimentar con ellos.

Dibujo sin nombre de Maya Kulenovic.

Mi crítica al veganismo: sus fines

Aunque los veganos utilicen buenas formas, los «omnívoros» nos solemos sentir incómodos ante tan duras críticas: la verdad duele. Y generalmente no se sabe rebatir los argumentos veganos, recurriendo exclusivamente a falacias ad hominem (del tipo «pero tú empezaste a ser vegano hace solo dos años») o directamente renunciando a la racionalidad (como «pues para mí no hay nada como un buen filete de ternera al ajillo en su punto»). Sin embargo, yo siempre he utilizado dos argumentos que sí refutan parte del ideario vegano.

El veganismo no suele tener en cuenta la variedad biológica

Muchos veganos se oponen al consumo de productos animales y derivados por la capacidad que tienen los animales de sentir. Y este es el motivo por el que sí consumen vegetales: éstos no tienen sistema nervioso y por lo tanto es imposible que puedan tener sentidos o sentimientos. Como las plantas no tienen sistema nervioso, son poco más que máquinas. Sin embargo, no hay ninguna dicotomía entre plantas y animales en este sentido. Hay una enorme amalgama, cuantitativa y cualitativa, de sistemas nerviosos con mayor, menor y diferente capacidad para tener sentimientos y sentidos, desde la nulidad de las plantas hasta el extremo de los mamíferos. Si estudios científicos afirmaran que, por ejemplo, ciertos tipos de peces muy primitivos no tienen capacidad de sentir dolor ni sentimientos, los veganos se quedarían sin motivos para no consumirlos. Y, probablemente, los expertos conozcan animales con tales o cuales áreas del cerebro y del sistema nervioso más o menos desarrolladas. En los casos en que los animales no pudieran desarrollar sentimientos hacia su familia, dejaría de ser un crimen separarlos, por ejemplo.

Es importante añadir a esto el elemento de la conciencia. La conciencia es, simplemente (“simplemente” para el avanzado cerebro humano), el hecho de ser consciente de que uno mismo existe. Si alguien no tuviera conciencia, no sabría que es la misma persona que hace un segundo, y por lo tanto no podría establecer lazos ni procesos cognitivos más allá del instinto. La posesión de conciencia es, pues, también vital para considerar el «derecho a no ser comido» que los veganos asignan al criterio de la capacidad de sentir. Y se conocen pocos animales que puedan llegar a tener conciencia: las vacas, los elefantes, algunos homínidos, las urracas y pocos más.

Con este matiz importante, estoy de acuerdo con los veganos.

El planeta tiene problemas más básicos y graves por solucionar

Sin embargo, no es suficiente estar de acuerdo con ellos. Si ordenamos los temas por importancia (incluso desde criterios sensocéntricos), existen multitud de problemas más graves, que merecen una mayor atención. El problema es de agenda: hay muchas otras prioridades.

Con la crisis se ha potenciado hasta el extremo el animalismo, canalizando una vez más la rabia hacia problemas periféricos y que no se dirigen hacia la raíz del problema. Mi Inicio de Facebook se ha llenado de vídeos de familias que recogen perros abandonados, y mediáticamente vale más la vida de un perro que la de los seis millones de niños que mueren de hambre cada año, y vale más el sufrimiento de un perro o un toro torturado que el de una persona siendo víctima de la colonización y el saqueo occidental, por ejemplo. Con esto han surgido muchos nuevos defensores de los animales que apelan a factores puramente emocionales (incluso estéticos) e incluso llegan a justificar con su animalismo la barbarie humana («al menos los perros no están destruyendo el planeta»). Y este auge del animalismo ha contribuido al del veganismo.

Lo que no saben los integrantes de esta oleada de animalismo es que no se están dirigiendo a su verdadero enemigo. La igualdad con el resto de especies habrá de venir en una etapa mucho más avanzada del desarrollo humano, desde luego que no en el capitalismo, donde no solo los animales, sino también también las personas, somos inevitablemente mercancías.

Mi crítica al veganismo: sus medios

La principal estrategia del veganismo consiste en el método de boicot de consumo (en este caso, no consumiendo animales ni derivados de animales). Se trata de una conducta política individualista y generalmente poco exitosa utilizada también en muchos otros ámbitos.

Una de las consecuencias típicas de este método es la creación de todo un mercado a raíz del nuevo tipo de demanda que exigen, en este caso, las dietas sin carne. En este mercado, los productos suelen ser caros o muy caros, pues tienen el valor añadido de tranquilizar la conciencia de quien los consume. Así, el movimiento se dificulta para las clases populares mientras desplaza rápidamente a las capas más pudientes de la sociedad, convirtiéndolo en algo «de moda», cool y arrancándole buena parte el contenido antisistema que podría haber tenido. Cuesta impedir, bajo este método (que no cuestiona sino que se somete al mercado), que el capitalismo acabe por cooptar el movimiento y convertirlo en una opción de consumo más.

Otro motivo importante por el que este método es ineficaz es que, en el capitalismo actual, la oferta domina generalmente a la demanda. La teoría liberal establece que es la demanda quien domina a la oferta: si la población demanda algún tipo de producto, quienes tengan el capital necesario correrán para proveer ese producto, por propio interés. Esto es parcialmente cierto, pero cada vez menos: hoy en día, la burguesía (es decir, quien se encarga de la oferta) tiene infinitamente más medios que la clase trabajadora para decidir los gustos de la población general (ellos tienen todos los medios de comunicación, el estado, todas las empresas, todas las escuelas y universidades privadas y públicas, la información que aparece en nuestros smartphones…). La burguesía decide qué coches se publicitan, qué fuentes de energía se consumen, cuáles van a ser las tendencias de moda de la estación siguiente, etc. La oferta, en general, domina sobre la demanda. En relación con el veganismo, esto significa que el método de boicot de consumo solo funcionará si la burguesía así lo desea, y tendrá el efecto en la justa medida en que la burguesía lo desee (si la oferta no quiere que el método tenga efecto, la solución es tan fácil como dejar de ofrecer productos veganos). Este fenómeno inutiliza de nuevo cualquier contenido antisistema que pudiera tener el movimiento.

En tercer lugar, este método hace sensibles a los veganos a la crítica ad hominem: al basar su estrategia en el consumo, un consumo contradictorio con sus ideas es criticable. En este sentido, los veganos no suelen ser plenamente honestos consigo mismos, pues pocos renuncian a la medicina cuando caen enfermos (no, los veganos no son inmunes al cáncer). Tampoco son honestos consigo mismo si en sus relaciones sexuales hacen uso de algún método anticonceptivo (todos han sido testados en animales), y si se consideran con los mismos derechos que sus mascotas, ¿por qué no se castran como ellas? Solo en el caso del boicot a las vacunas su lucha pasa a ser dañina para el resto de la sociedad, y puede ser algo efectiva. En esos casos, no solo están apelando a sus propios asuntos sino que están atentando seriamente contra la seguridad colectiva y provocando el riesgo de extender de nuevo epidemias graves ya erradicadas (¿es necesario recordar al pobre niño de Olot que murió hace poco de difteria porque sus padres hicieron caso a los antivacunas?).

Por todo esto, el método de boicot de consumo es ampliamente ineficaz. El único medio posible acaba siendo cambiar el modo de producción (y no de consumo), obligando así a la población a cambiar sus hábitos alimenticios. El único medio posible acaba siendo, como siempre, centralizar y planificar la economía sin que la burguesía tenga ni voz ni voto, si bien esto no es muy anarquista.

Dudas sinceras sobre el veganismo

Como muchos habrán notado, no soy un experto sobre el tema y declaro, ante todo, mi humildad. Además de ello me gustaría conocer la respuesta a algunas cuestiones que seguro que la teoría animalista ha respondido. Por ejemplo, en el caso de que se extendiera un modo de vida vegano… ¿qué pasa con las especies que ya han evolucionado artificialmente para ser domésticas?[2] ¿Acaso la naturaleza las tratará mejor que el ser humano? ¿Si el veganismo se opone a la superioridad de unas especies sobre otras, no se opone entonces a cualquier cadena trófica natural?

Por otra parte, también es potencialmente peligroso (para animales y para el medio ambiente) el consumo generalizado de ciertos vegetales. Uno de los alimentos más consumidos por los veganos para suplir su ración diaria de proteínas (que difícilmente se encuentran en los vegetales) es la soja. El problema es que la soja consume muchos nutrientes del suelo, y tras su plantación éste queda inutilizado durante algún tiempo, obligando a talar nuevos bosques para plantar nuevas cosechas. ¿Acaso el auge del consumo de soja no va en contra no solo del medio ambiente sino de la vida de muchos de los animales que vivían en esos bosques? ¿No deberíamos ser responsables, también, a la hora consumir vegetales?

Referencias

[1] Hay quienes dicen que los matan, pero es falso: para un ganadero antropocéntrico sería absurdo deshacerse de «material de trabajo». Los becerros de las vacas de leche se separan de sus madres porque, pese a ser mamíferos plurigástricos, nacen únicamente con un estómago funcional de 3 a 5 litros de capacidad. Más de 8 horas con su madre implicaría la muerte del animal por diarrea y reventón gástrico. Centros de recría recogen a los animales con una semana de vida —justo cuando sus estómagos empiezan a ser funcionales y pueden alimentarse con menos riesgo— y los devuelven a la explotación de origen de 18 a 24 meses después.

[2] En realidad no está tan claro que los animales domésticos hayan evolucionado bajo los deseos del hombre. Por ejemplo, en las vacas, el mejorante en el tema productivo es el macho más que la hembra, y es un carácter genético de heredabilidad media-baja; de modo que el aumento de productividad lechera es sobretodo determinada por el medio (sobretodo, fruto de una mejor alimentación).

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